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sábado, 22 de octubre de 2011

Once malagueños en el rastro sangriento de la banda ETA

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En medio siglo, la organización ha asesinado a nueve agentes de la autoridad, a un miembro de la Guardia Real y al concejal José María Martín Carpena.
Tras medio siglo de terror y muerte, ETA ha dicho adiós definitivamente a su actividad armada. La banda anunció el jueves el cese de la violencia, pero deja una huella imposible de borrar, con 829 asesinatos y miles de heridos a sus espaldas. Málaga no ha sido ajena a los zarpazos sangrientos de la organización. Once malagueños han perdido la vida en atentados terroristas. Siete guardias civiles, dos policías nacionales, un miembro de la Guardia Real y el político José María Martín Carpena.

El concejal del Partido Popular fue el único de ellos que falleció en la provincia. Fue asesinado a tiros en la puerta de su domicilio, en la calle Carril de Gamarra, cuando se disponía a acudir a la celebración de la fiesta de La Biznaga. Eran las diez menos cuarto de la noche del 15 de julio de 2000. El edil salió de su casa acompañado por su mujer y su hija. Abajo le esperaba el conductor del coche oficial. También un joven vestido con camisa oscura y una gorra. Era Igor Solana Matarrán. El etarra que convirtió a Martín Carpena en la víctima 775 de ETA.

La banda terrorista empezó a escribir su historia negra en Málaga dos décadas antes. Concretamente, el 22 de octubre de 1978. Andrés Silverio Martín, un joven guardia civil nacido en Gaucín, que entonces tenía 25 años, murió ametrallado por la banda terrorista cuando volvía a pie al cuartel de Guetxo (Vizcaya).

Apenas dos meses más tarde, la tragedia volvió a salpicar a la provincia. Juan Jiménez Gómez, un guardia civil retirado de 58 años, natural de Benaoján, fue asesinado el 13 de diciembre en Pasajes (Guizpúzcoa) en un nuevo atentado terrorista. Estaba casado y tenía un hijo.

Una semana antes de su muerte, la banda había matado a un policía al que atribuyó la condición de chivato. Indignado, el malagueño Jiménez Gómez, que entonces ocupaba el cargo de jefe de la Policía Local del municipio, envió una carta a varios periódicos desmintiendo que su compañero fuese un delator, según cuentan desde la Asociación Unificada de la Guardia Civil (AUGC).

Días después, dos pistoleros se colaron en las dependencias policiales. Encañonaron al agente que estaba de guardia en la puerta y le obligaron a llevarle al despacho del jefe. Una vez allí, dispararon a Juan Jiménez Gómez y le robaron su arma y la cartera.

La barbarie terrorista se cebó con la provincia en 1980. En mayo, en un paréntesis de solo siete días, tres malagueños perdieron la vida en atentados de ETA. El día 10, el policía nacional Antonio Moreno Núñez recibió un disparo en la cabeza cuando salía de un garaje con su coche en Santurce. Tenía 24 años. Aunque era natural de Cortes de la Frontera, el agente recibió sepultura en Gaucín, localidad donde se crió. Los vecinos de este tranquilo municipio malagueño enterraban en menos de tres años a la segunda víctima de las balas de los pistoleros etarras.

Tiroteo en un bar

Cuatro días después, otro policía malagueño, Jesús Holgado Sabio, fue asesinado mientras desayunaba en un bar de San Sebastián. El agente, de 27 años, era natural de Carratraca, aunque su familia residía en Jimera de Líbar, donde fue enterrado. Holgado había sido obrero de la construcción antes de entrar en la policía, donde llevaba dos años trabajando. Primero prestó servicio en Madrid y luego en San Sebastián, donde pasó 17 meses. Solo le quedaban cuatro días para irse destinado a Las Palmas.

Cuando la provincia aún no se había sobrepuesto de estos dos golpes, llegó el tercero. El 16 de mayo, el cabo de la Guardia Civil Francisco Ruiz Fernández, nacido en Jaén pero criado en Almargen, donde su padre fue comandante de puesto, murió en un atentado de la banda en la localidad navarra de Goizueta. Lo mataron mientras cenaba en un bar con un compañero, que también falleció. Ruiz Fernández estaba casado y tenía dos hijos, uno de ellos recién nacido. Fue enterrado en el cementerio de San Miguel, en la capital.

Antes de que finalizara 1980 hubo otro malagueño víctima del terrorismo de ETA. Juan García León, guardia civil de 21 años, recibió ocho disparos en una emboscada en Eibar en la que resultaron heridos otros dos compañeros. Los agentes acababan de terminar un servicio de vigilancia en la fábrica de armas Star.

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